

Importancia
de las relaciones interpersonales en el desarrollo del cerebro y la función
mental
En el nacimiento, el cerebro humano es inmaduro comparado con el estado de diferenciación de los demás órganos corporales. Esta inmadurez requiere que el cerebro del infante utilice el estado maduro del cerebro de su cuidador para poder organizar su propio funcionamiento. Estos hallazgos de la neurociencia del desarrollo han resaltado la importancia de la integración de las relaciones interpersonales y el desarrollo del cerebro. Se piensa que la comunicación cooperativa del cuidador del niño, que permite que se dé el apego entre ambos, es el cimiento para el desarrollo emocional así como también para el razonamiento abstracto y las habilidades cognitivas. Los patrones de interacción entre el niño y su cuidador tienen así un impacto directo en la forma en que el cerebro se desarrolla y la mente del niño funciona. Los procesos cognitivos necesitan ser considerados como la forma en que la mente emerge desde lo genético, fisiológico, y factores experienciales que dan forma y desarrollo a la función mental.
El concepto de apego se puede considerar como un proceso; un proceso social que tiene igualmente bases neurobiológicas, y al ser un proceso social debe tener su representación en vías neuroquímicas múltiples así como representaciones anatómicas diversas (Insel, 1997). Estas conductas implican búsqueda de proximidad y respuestas a la separación. Ninguna de las formas de apego es sólo humana, lo que sugiere que las bases neurales pueden ser investigadas en modelos animales; todo esto lleva a pensar que biológicamente el apego es un proceso social que se manifiesta con diferentes conductas que dependen de lo externo (social) o interno (endocrino). Lo que resulta particularmente fascinante, aun en modelos animales, es que la disregulación del vínculo de apego madre-infante puede llevar a un discreto aspecto de la función aun cuando no haya pérdida o separación aparente. Este complejo proceso del apego implica cambios en lo sensorial, cognitivo y motor. Insel (1997) postula que la oxitocina y la vasopresina -dos neuropéptidos cerebrales- están relacionados en la mediación del apego. También otros sistemas neuroquímicos han sido implicados en la conducta maternal (prolactina, opioides, dopamina, GABA) y en el apego infantil (GABA, opioides, serotonina). Todos sus hallazgos apuntan en relación a que el estudio de estos neuropéptidos en cerebros humanos, podría ayudar en el estudio de diversas patologías psiquiátricas que se caracterizan por apegos sociales disfuncionales, pero en especial en el estudio del autismo.
La función de los genes puede ser definida tanto por el modelado de la información como de transcripción de las proteínas que determinan la estructura neural. La experiencia directamente da forma a la manera de la selección y el tiempo en que la actividad de los genes influencia la estructura del cerebro. La naturaleza de la relación entre el niño y su cuidador determina el crecimiento emergente de áreas del cerebro que son esenciales para los procesos emocionales y cognitivos.
Amini (1996) señala que es posible que la memoria implícita de las relaciones tempranas de apego, comunicadas vía el lenguaje de la función afectiva, constituya una estructura neural permanente que influya tanto en la regulación emocional como en la conducta concerniente con la vinculación.
Al revisar estos hallazgos neurofisiologicos, se puede pensar que a la psiquiatría se le impone la tarea de integrarlos con la comprensión psicodinámica de la vida emocional, que desde otro vértice ha postulado igualmente la importancia de las relaciones tempranas y de los primeros vínculos como responsables de la 'matriz de la mente' (Ogden, 1986).
Bases para un nuevo marco conceptual en psiquiatría
En
cuanto a la psicopatología, la tendencia hasta ahora había sido
clasificar los trastornos psiquiátricos como aquellos originados en el
cerebro (orgánicos o biológicos), en los cuales se podía
evidenciar una lesión: las demencias, como la enfermedad de Alzheimer,
y las psicósis tóxicas, como las producidas por el consumo crónico
de alcohol u otras sustancias, y, por otra parte, aquellas basadas en la mente
(funcionales o psicológicas) que comprendían los diversos síndromes
depresivos, las esquizofrenias y las neurosis (Kandel 2000).
Esta tendencia se remonta al siglo XIX, cuando los neurólogos examinaban los cerebros de pacientes por autopsia y encontraban alteraciones microscópicas de la estructura cerebral, fáciles de demostrar en algunas enfermedades psiquiátricas pero no en otras.
Así mismo, nuestras terapias se habían dividido en aquellas que impactan la mente (psicoterapias) y las que se dirigen al cerebro (somáticas).
A la luz de todo lo que hemos venido considerando, la psiquiatría difícilmente puede seguir manteniendo esta división. Entre otras evidencias, actualmente se ha demostrado que el aprendizaje produce variaciones en la eficacia de las conexiones nerviosas, siendo que los sucesos de cada día -la estimulación sensorial, la privación y el aprendizaje- pueden debilitarlas o fortalecerlas. La tendencia, cada vez más, va siendo no pensar en que sólo algunas enfermedades pueden considerarse "orgánicas". La base de la neurociencia contemporánea y del nuevo marco conceptual de la psiquiatría (Kandel 1998), es que todos los procesos mentales son biológicos y que, por lo tanto, cualquier alteración de esos procesos es orgánica.
Esto sería válido aun para aquellos trastornos mentales cuya etiología es considerada más vinculada con factores de interacción social, dado que la actividad del cerebro igualmente es modificada, y por lo tanto deben de tener un correlato biológico.
La psiquiatría estudia las enfermedades mentales como aquellas que se manifiestan en una mente que surge del funcionamiento del cerebro, pero asimismo considera la forma en que la experiencia mental también afecta el cerebro, tal como está siendo demostrado en muchos ejemplos de cómo lo ambiental influencia la plasticidad cerebral (Adreasen 1997; Price, Adams, Coyle 2000).