
Neumocistosis
La neumocistosis es una infección producida por Pneumocystis carinii, un microorganismo eucariota, incultivable, que ha sido ubicado recientemente en el reino Fungi (14).
Su importancia como enfermedad
que complica la evolución de la infección por HIV, fue puesta
en evidencia durante los primeros años de la pandemia de SIDA. Fue, junto
con el sarcoma de Kaposi, la primer afección marcadora reconocida (13).
Hasta el advenimiento de la profilaxis primaria para la neumocistosis y la terapéutica
antirretroviral, el 60 % de los pacientes con SIDA presentaba neumocistosis
como primera infección oportunista y el 80 % de los enfermos HIV positivos
con menos de 200 células CD4/ µL de sangre padecían esta
micosis (14). En la actualidad, su incidencia ha disminuído y se sitúa
después de la tuberculosis, las neumonías bacterianas y la criptococosis
(14).
El Pneumocystis carinii,
descubierto por Carlos Chagas en 1911, es un microorganismo eucariota, incultivable
"in vitro", que parasita el pulmón de diversas especies de
mamíferos (ratas, ratones, hurones, equinos y humanos). El ciclo biológico
de P. carinii no se conoce bien, debido a la imposibilidad de cultivarlo "in
vitro". La fase trófica (trofozoito) es la infectante y se adhiere
a los alveolocitos de tipo I. Seguidamente, se inicia la reproducción
vegetativa que se produce por división binaria. Luego de varias divisiones
tiene lugar la fase prequística en la que se inicia el ciclo sexuado.
Se produce la cariogamia que da origen a una fase diploid. Luego hay una meiosis
que determina la producción de 4 a 8 núcleos, los que a su vez
generan otros tantos esporos sexuados internos (esporozoitos). Esta última
parte de la fase sexuada tiene lugar en los quistes, que en su mayor parte se
ubican en la luz alveolar (15, 17). La ubicación taxonómica del
P. carinii se ha discutido largamente. Dada su morfología, la imposibilidad
de cultivarlo y su respuesta los fármacos antiparasitarios y no a las
drogas antifúngicas, se lo ubicó taxonómicamente durante
mucho tiempo como un protozoario. Sin embargo, estudios moleculares más
recientes han permitido comprobar que presenta una secuencia de RNA típicamente
fúngica y determinantes antigénicos en su pared idénticos
a los de los hongos levaduriformes. Por eso se lo incorporó como un nuevo
miembro del reino de los hongos (15). Con su inclusión en el reino Fungi
surge claramente la similitud entre el ciclo biológico de este microorganismo
y el producido en algunos integrantes de la clase Ascomycotina, como Schizosaracchomyces
pombe, con el que está estrechamente relacionado desde el punto de vista
genético. Las razones de la inclusión de P. carinii dentro del
reino Fungi son varias: el RNA ribosomal presenta una secuencia característica
de los hongos; la pared celular incluye polisacáridos del tipo b 1-3
glucano, sus genes son codificadores de proteínas correspondientes a
b tubulina, y el DNA mitocondrial es similar al observado en los hongos. Sin
embargo, uno de los constituyentes más característicos del reino
que es el ergosterol de la membrana plasmática, está ausente en
el P. carinii y ésta es la razón de la falta de susceptibilidad
a los antifúngicos más frecuentemente empleados en la clínica
(17).
Los estudios epidemiológicos
han demostrado que la infección por P. carinii se produce por vía
inhalatoria, luego de la penetración de las formas de propagación
de 1 a 2 µm de diámetro. La mayor parte de las infecciones se originan
durante el transcurso de la primera infancia, hasta los 4 años de edad,
y es probable que se presenten como cuadros leves y autolimitados. La transmisión
interhumana es posible, pero se desconoce su verdadera importancia y en la actualidad
se considera que el contagio intrahospitalario entre pacientes no es común,
por lo que no se recomienda el uso de barreras respiratorias. Como las variedades
del P. carinii son específicas de cada especie animal, la fuente no humana
de infección se ha descartado. Quedaría por dilucidar la existencia
de un ciclo en la naturaleza, desconocido hasta ahora (20).
El hecho es que hasta hace
poco tiempo se sostenía que los episodios de neumonía por P. carinii
que se observaban en los adultos, eran reactivaciones de primoinfecciones adquiridas
en la infancia. Actualmente, esta posibilidad ha sido casi por completo desechada,
debido a que los estudios de autopsia no han demostrado la persistencia prolongada
de este microorganismo en los pulmones. Por otra parte, se ha podido demostrar
la existencia de DNA del P. carinii en muestras de aire mediante técnica
de PCR (15).
Este microorganismo presenta
dos componentes antigénicos mayores: una glucoproteína de 120
kDa, que estimula tanto la producción de anticuerpos como la inmunidad
mediada por células y un complejo proteico de 45 a 55 kDa, que es un
poderoso estimulante de la inmunidad mediada por células (15).
Una vez que la forma trófica
del P. carinii se adhiere al alveolocito, se inicia un proceso inflamatorio
cuyo resultado final es la producción de una neumonitis intersticial.
Desde el punto de vista histopatológico resulta característico
la existencia de un exudado proteinaseo, ligeramente eosinófilo en la
luz alveolar, con proliferación de células alveolares y engrosamiento
de los tabiques interalveolares, acompañado con un intenso infiltrado
inflamatorio, constituido por células mononucleares con predominio de
plasmocitos. Se han registrado también casos de proteinosis alveolares
graves (15, 17, 20).
En los enfermos HIV- positivos
su incidencia aumenta abruptamente cuando los recuentos de células CD4
descienden por debajo de 200 células/µL. Fue la causa más
común de mortalidad en los pacientes con SIDA, y una de las enfermedades
marcadoras más características. Sin embargo, el uso extendido
de la profilaxis anti-Pneumocystis, el empleo de drogas antirretrovirales, así
como el reconocimiento más temprano y el mejor manejo de esta afección,
han reducido el peligro de esta grave infección.
Las manifestaciones clínicas
son aquellas relacionadas con una infección respiratoria y un síndrome
constitucional toxi-infeccioso. Los síntomas más comunes son fiebre,
de hasta 39º C, sudores nocturnos, astenia, anorexia y pérdida de
peso. Estos síntomas generales suelen ser las únicas manifestaciones
clínicas durante algunas semanas a un mes, antes de la aparición
de signosintomatología respiratoria, en los pacientes con SIDA. Este
último está constituido por disnea, taquipnea, tos seca e importante
presión torácica inspiratoria. El examen semiológico de
tórax no acusa signos de interés. Los estudios radiológicos
suelen mostrar aumento de las imágenes intersticiales, con micronódulos,
habitualmente simétricos y ubicados, de preferencia, en las zonas parahiliares.
Con menor frecuencia pueden detectarse otras alteraciones radiológicas,
tales como: cavidades, infiltrados difusos y condensaciones lobares. Se observan
lesiones cavitarias biapicales en enfermos que siguen profilaxis con nebulizaciones
de pentamidina. En las formas de neumocistosis crónicas pueden producirse
neumatoceles, algunos alcanzan los 10 cm de diámetro y pueden predisponer
a la aparición de neumotórax graves. Sin embargo, esta última
complicación también puede presentarse en ausencia de neumatoceles
o ampollas. El derrame pleural es muy infrecuente, y su presencia suele sugerir
la posibilidad de otros diagnósticos.
La neumocistosis diseminada
o extrapulmonar aparece habitualmente en pacientes que han recibido profilaxis
en base a nebulizaciones de pentamidina. Las localizaciones más comunes
son: ganglios linfáticos, bazo, hígado, médula ósea,
piel, tiroides, coroides de los ojos, glándulas suprarrenales, oídos,
peritoneo, intestinos, meninges y páncreas (14).
La fiebre elevada, la disnea
que requiere la asistencia respiratoria mecánica y la extensión
de las lesiones radiológicas de los pulmones, son los marcadores más
importantes de gravedad.
La evolución de la
neumocistosis pulmonar suele ser subaguda o crónica, aún con tratamiento,
la remisión de las manifestaciones clínicas y radiológicas
no se produce rápidamente. La fiebre y los requerimientos de oxígeno
no disminuyen durante varios días o una semana. Es común que se
observe un empeoramiento, tanto de la disnea como de las alteraciones radiológicas
pulmonares, durante la primera semana del tratamiento, pese a la mejoría
del estado general. La remisión de las lesiones radiológicas de
los pulmones suele demandar varias semanas. La disnea de esfuerzo sólo
disminuye semanas o meses después.(19).
En cuanto a los estudios
de laboratorio no específicos cabe destacar la importancia de la elevación
de la concentración de la láctico-dehidrogenasa, la determinación
de gases en sangre y el estudio funcional del aparato respiratorio.
La elevación de la
concentración de la láctico-dehidrogenasa (LDH) se asocia al daño
difuso del parénquima pulmonar. En la presencia de síntomas y
antecedentes compatibles con el diagnóstico de neumocistosis, la elevación
significativa de la concentración de esta enzima, es una prueba de gran
importancia a favor del diagnóstico. Sin embargo, alrededor de un 7 %
de los casos puede presentar niveles normales de LDH, por lo tanto no es útil
como prueba de exclusión de diagnóstico de esta afección
(17).
Los niveles de LDH se correlacionan
bien con el grado de hipoxemia; es también una prueba de importancia
para establecer el pronóstico de la enfermedad, ya que su elevación
en forma significativa suele ser predictiva de la evolución grave y de
la falla multiorgánica. También sus concentraciones decrecen en
forma proporcional a la mejoría de la neumocistosis.
La centellografía
con galio ha sido usada como una técnica de diagnóstico, dado
que muestra precozmente imágenes de hipercaptación pulmonar. Sin
embargo, esta prueba no es específica, una captación positiva
refuerza la sospecha de neumocistosis sin confirmarla y cuando es negativa,
brinda una fuerte evidencia en contra del diagnóstico de neumonía
por P. carinii. Se considera que su especificidad es de alrededor del 80 % y
su sensibilidad varía entre 94 y el 100 % (17).
También se han utilizado
nebulizaciones con sustancias marcadas con tecnecio radioactivo 99 m. Esta prueba
mide la permeabilidad del epitelio pulmonar y se positiviza en estadios tempranos
de la neumonía por P. carinii (15).
Las lesiones extrapulmonares
se localizan especialmente en los órganos ricos en sistema monocítico-histiocitario,
tales como: el hígado, el bazo, las pleuras, la médula ósea
y también los ojos. Cuando hay ataque multi-orgánico, la evolución
es aguda y con frecuencia fatal. Suele acompañarse de fiebre elevada,
deterioro del estado general, disminución de la agudeza visual, hepatosplenomegalia
y derrame pleural. Los estudios ecográficos de abdomen o la tomografía
computarizada suelen presentar imágenes hipodensas en el bazo y el examen
de fondo de ojos muestra exudados algodonosos. Con menos frecuencia origina
nódulos tiroideos (14).
Su identificación
se realiza en forma directa a través de la observación de los
quistes, en la tinción de Grocott de 4 a 6 µm de diámetro,
de color pardo, paredes gruesas y con 4 a 8 esporozoitos en su interior. Con
la coloración de hematoxilina/eosina los quistes no se tiñen y
adquieren un aspecto de exudado rosado muy característico. Con coloraciones
especiales (metenamina plata de Grocott, Giemsa), pueden observarse los quistes,
que se reconocen rápidamente en medio del exudado alveolar (15). La técnica
de Giemsa es útil para la visualización de las formas tróficas,
y la inmunofluorescencia directa con anticuerpos monoclonales facilita la detección
de todos los estadíos evolutivos. En los extendidos de secreciones respiratorias
pueden utilizarse además de las técnicas mencionadas, las coloraciones
de azul de toluidina 0 y de Gram Weigert. Las muestras clínicas más
utilizadas para el diagnóstico son el lavado broncoalveolar, las biopsias
transbronquiales y el esputo inducido mediante nebulizaciones con solución
salina hipertónica. En los niños se ha propuesto recientemente
el empleo de una reacción de PCR en el lavado nasofaríngeo (41).
Los métodos indirectos de diagnóstico a través de la búsqueda
de antígenos o anticuerpos no han dado resultados de utilidad clínica.
La mayor parte de las personas tienen anticuerpos contra el P. carinii a partir
de los 4 años de edad. No resulta infrecuente por otra parte, que pacientes
severamente inmunocomprometidos exhiban reacciones serológicas negativas
mientras cursan una neumocistosis activa.
La demostración del
microorganismo en material obtenido por fibrobroncoscopía con lavado
broncoalveolar, secreciones bronquiales o biopsias endoscópicas, tiene
valor diagnóstico. El diagnóstico de las recidivas debe realizarse
basándose en un cuadro clínico compatible y no simplemente por
el hallazgo del microorganismo que puede persistir en las secreciones broncoalveolares,
aún después de superado el cuadro clínico con tratamiento
adecuado (14).
La asociación de
sulfametoxazol con trimetoprima (cotrimoxazol) es la droga de elección
en el tratamiento inicial de la neumocistosis, ya que proporciona 80 % de éxitos
terapéuticos. Las dosis empleadas son del orden de los 15 a 20 mg/kg/día
de trimetoprima. Su administración por vía oral se recomienda
en pacientes con una Pa 02, tomada con el aire de la habitación, mayor
70 mm Hg. Se utilizan comprimidos de 800 mg de sulfametoxazol y 160 mg de trimetoprima
y la dosis diaria se divide en tomas cada 6 horas. Las ampollas para aplicación
por vía intravenosa se reservan para enfermos con Pa 02, menor de 70
mm Hg. El tratamiento debe prolongarse durante 21 días para los HIV-positivos.
Aproximadamente un 25 %
de los pacientes sufre efectos colaterales, tales como: perturbaciones gastrointestinales,
fiebre, erupciones cutáneas, alteraciones de las enzimas hepáticas
y depresión de la médula ósea con citopenia. Estos efectos
tóxicos suelen detectarse entre los 6 y 10 días de iniciado el
tratamiento. El más grave es la citopenia y suele indicarse, para evitarlo,
el uso simultáneo de leucovorina. Esta última droga sólo
reduce la neutropenia pero tiene escaso impacto sobre el resto de los efectos
colaterales, y está demostrado que disminuye la eficacia terapéutica
del cotrimoxazol.
En los pacientes con hipoxemia
acentuada, con Pa 02, menor de 70 mm Hg, se aconseja la administración
de corticosteroides, a razón de 40 mg de prednisona cada 12 horas, durante
los primeros 5 días, para reducir la dosis a la mitad durante los 5 días
siguientes, y a la cuarta parte (20 mg/1 vez por día) en los últimos
11 días de tratamiento. La utilización de corticosteroides reduce
la agravación de los síntomas observada durante los primeros días
de tratamiento, debida, probablemente, a la brusca muerte de elementos fúngicos,
con liberación masiva de antígenos e intensificación de
la respuesta inflamatoria (15, 17).
Como alternativas del cotrimoxazol
se han empleado la pentamidina intravenosa, la asociación de trimetoprima
con dapsone, la clindamicina unida a la primaquina, el atovacuone y el trimetrexate.
La pentamidina se administra
por vía intravenosa, a razón de 4 mg/kg/día, durante 21
días. Suele producir más efectos colaterales que el cotrimoxazol
y es menos eficaz en los casos graves (17).
La asociación de
dapsone a razón de 100 mg/día con trimetoprima en dosis de 20
mg/kg/día, ambos por vía oral y durante 21 días, proporciona
resultados similares al cotrimoxazol en los casos moderados. La imposibilidad
de usarlo por vía parenteral impide su empleo para los casos graves.
La administración
de clindamicina por vía oral o intravenosa asociada a primaquina, proporciona
un 75 % de éxitos terapéuticos en pacientes tratados por primera
vez. La clindamicina se indica a razón de 1.8 g/día ó 2.4
g/día, divididos en dosis cada 8 horas. La primaquina sólo puede
darse por vía oral y la dosis diaria es de 30 mg (14).
El atovacuone se utiliza
por vía oral, en dosis de 1.5 g cada 8 horas, durante 21 días.
Debido a la menor biodisponibilidad de los comprimidos, se ha propuesto recientemente
el empleo de una suspensión. Los resultados obtenidos son inferiores
a los proporcionados por cotrimoxazol (17).
La profilaxis en neumocistosis
se practica mediante la administración de tratamientos preventivos o
de mantenimiento, con el propósito de reducir su incidencia o disminuir
el riesgo de nuevos episodios. Se ha comprobado que los enfermos que sufrieron
una neumonía por P. carinii presentan una tasa de recidiva del 50 al
60 % en un año, si no reciben ningún tratamiento de mantenimiento.
En la actualidad, este tipo de tratamiento es llamado profilaxis secundaria.
En enfermos con compromiso grave de la inmunidad la posibilidad de contraer
una neumonía por P. carinii es elevada, así las personas con recuentos
de células CD4 inferiores a 200/µL tienen casi 5 veces más
posibilidad de sufrir esta afección. Esta es la razón de instaurar
una profilaxis primaria. El cotrimoxazol es el tratamiento más eficaz
en ambos casos. La dosis habitual es de 800 mg-160 mg/día o día
por medio. Con el primer esquema se asegura además una disminución
significativa del riesgo de toxoplasmosis cerebral y de infecciones bacterianas.
Económicamente es la mejor alternativa, y su mayor limitación
reside en los efectos colaterales.
La tolerancia es más
baja en pacientes que presentan recuentos de células CD4 inferiores a
100/µL. La administración de dosis pequeñas y progresivamente
crecientes de cotrimoxazol mejora la tolerancia. Este proceso de desensibilización
debe hacerse bajo estricta vigilancia médica (16, 19).
Las nebulizaciones con isotianato
de pentamidina, en dosis de 300 mg cada 14 a 28 días, son una alternativa
para pacientes que no toleren el cotrimoxazol. Las nebulizaciones deben realizarse
en habitaciones que cuenten con purificador de aire de alta eficacia o al menos
tengan una buena ventilación. Para su aplicación sólo son
útiles los nebulizadores ultrasónicos del tipo Respirgard II y
el personal de salud que intervenga en esta operación debe usar una barrera
de protección respiratoria eficiente. El uso simultáneo de broncodilatadores
aumenta la eficacia de la nebulización con pentamidina (16).
Los inconvenientes del tratamiento
con nebulizaciones son: su menor eficacia, particularmente notable en pacientes
con compromiso inmunitario grave (HIV-positivos con menos de 100 células
CD4/µL); la imposibilidad de controlar la neumocistosis extrapulmonar;
el mayor costo por las instalaciones necesarias, el riesgo de incrementar la
transmisión de la tuberculosis al producir aumento de la tos y los estornudos
(16).
Con cierta frecuencia se
han observado casos atípicos de neumocistosis pulmonar, con evolución
más crónica e infiltrados pulmonares localizados en los vértices,
con caracteres clínicos y radiológicos muy parecidos a la tuberculosis,
que son producidas por la falta de penetración del aerosol con pentamidina
en las áreas superiores del pulmón. Para evitar este problema
se recomienda la aplicación de la nebulización con el paciente
en posición de supinación.
La diaminodifenilsulfona
(Dapsone) puede ser utilizada, tanto para la profilaxis primaria como para la
secundaria de la neumocistosis. La dosis óptima es 50 mg cada 12 horas.
Los efectos colaterales más comunes son erupciones cutáneas, alteraciones
hematológicas (anemia, hemólisis y leucopenia), elevación
de las transaminasas y disturbios gastrointestinales.
El dapsone también
puede aplicarse con pirimetamina, a razón de 50 mg/día de la primera
y 50 mg semanales de la segunda droga. Debe suministrarse junto con 25 mg semanales
de ácido fólico. La ventaja del tratamiento combinado es que brinda
protección frente a la toxoplasmosis cerebral. Produce efectos colaterales
semejantes a los de dapsone en el 25 % de los casos (16, 19).
Otras alternativas como
sulfadoxina-pirimetamina y el atovaquone no han sido exitosas.
En los niños, la
neumocistosis es la segunda causa de neumopatías graves entre los enfermos
HIV-positivos, superada por la neumonía linfoide. El recuento de células
CD4 suele ser una guía de difícil interpretación en estos
casos, debido al alto número de estas células que poseen los niños
de corta edad. Deberían considerarse los siguientes números como
guía para iniciar el tratamiento preventivo: menos de 1500/µL durante
el primer año de vida, menos de 750/µL en el segundo año,
menos de 500/µL entre el tercer año y el quinto y luego menos de
200 CD4/µL. Sin embargo, muchos expertos sostienen que todo niño
HIV positivo debería recibir profilaxis para la neumocistosis durante
el primer año de vida. En los adultos se aconseja controlar estrechamente
a las personas HIV-positivas con menos de 500 CD4/µL. En ellos debe repetirse
el recuento cada 6 meses e iniciar el tratamiento cuando se llegue a 200/µL
o cuando tenga fiebre de causa desconocida durante 2 semanas, o si presenta
candidiasis orofaríngea o sarcoma de Kaposi o linfoma.
El tipo de profilaxis a implantar debe elegirse entre las tres alternativas principales que hemos dado, teniendo en cuenta que necesariamente será prolongada, razón por la cual se considerarán en la elección los siguientes puntos: eficacia, tolerancia, interacción con otros medicamentos, costo y la gravedad del estado inmunitario del paciente (17).
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